La educación “es un arma cargada de futuro”

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Pienso en cómo ha cambiado este país, la sociedad, gracias a la educación. En 1930,  más del 35% de la población era analfabeta, había un millón y medio de niños sin escolarizar y el 75% de los españoles vivían del campo. Los políticos de la II República quisieron solucionar las deficiencias de la escuela pública de la España de los años 30, y el acceso a la cultura de ese pueblo analfabeto y aislado de los beneficios que disfrutaban las grandes ciudades.  

Dice Antonio Machado, con respecto al debate político y social del momento, “…Hay quienes consideran ésta [la cultura] como un caudal que, repartido, desaparecería rápidamente. Gran error. El caudal de la cultura se multiplicaría por el goce de ella de las grandes masas. Pues lo que las masas buscan es no ser masas en el sentido que se da  a este nombre, y lo conseguirán. […] Pero ¿cómo van a ser cultos esos bárbaros?- se oye decir. Esos bárbaros lo que quieren es no ser bárbaros. Todo lo que se defiende como un privilegio generalmente son valores muertos”. En esa España atrasada y decimonónica,  las clases altas se oponían al acceso a la cultura del resto de la población analfabeta. ¿Por qué?…porque la educación nos hace libres y nos da igualdad de oportunidades a todos.   

 Recogiendo las nuevas tendencias pedagógicas que se respiraban en Europa, en 1876 Giner de los Ríos crea la Institución Libre de Enseñanza. Se van gestando un clima y un movimiento de intelectuales, profesores, con espíritu de innovar y reformar la educación, y con la intención de llevar la cultura hasta los más perdidos rincones de la España rural. Todo desembocará en la nueva legislación educativa de la II República y en proyectos como el de las Misiones Pedagógicas de Bartolomé Cossío. 

No puedo seguir sin antes hacer una breve referencia a este proyecto tan original. Poesía, cine, teatro, música, títeres, libros, llegaban por primera vez a las aldeas más recónditas de España. Los misioneros hicieron de mediadores entre dos realidades, la del campo y la de la ciudad, con la intención de acercar la cultura a los campesinos, descubrieron un mundo antiguo y rico en conocimientos naturales que ya se habían perdido en las ciudades, una cosmovisión  que tenía mucho que aportar al caudal de esa cultura. Cossío “pretendía mover los corazones de los jóvenes para que fuesen en misión por las aldeas a “enseñar y a divertir”, pagando así con su propia persona, que es lo más preciado, la deuda de justicia que con la sociedad han contraído, como privilegiados del saber y la fortuna”,  pero regresaban “con más riqueza de cuerpo y alma que la que han repartido”. Qué intercambio tan maravilloso el de las Misiones Pedagógicas. 

Ese espíritu de cambio y de renovación, en 1931 era ya una fruta madura. No fue fácil, se encontraron con muchas dificultades y opositores, no obstante hubo una fiebre de construcción de escuelas (hacían falta 27000), se subió el sueldo a los maestros y se crearon 7000 plazas para ellos.  Algunos maestros eran tan pobres, que tenían que dormir en el aula de clase en un jergón y sin estufa, muchos dependían de la comida que la gente del pueblo les daba y apenas tenían formación. Respecto a este último punto, los reformistas consideraron urgente y necesario ofrecer cursos a estos maestros supervivientes. “Cossío siempre había defendido que el éxito de cualquier acción educativa residía, antes que nada, en saber elegir a las personas adecuadas: -Dadme un buen maestro y él improvisará el local de la escuela si faltase, él inventará el material de enseñanza, él hará que la asistencia sea perfecta”. 

Como dice Tuñón de Lara “fue el tiempo de la gran ilusión”, todo parecía posible. Luego llegó la guerra, que todo lo destruye, el exilio, la dictadura, y el olvido. El reloj de la historia dio marcha atrás y se detuvo, congelado hasta el despertar de este país dormido, después de años de letargo. 

 El mundo ha cambiado, y son otros los retos de la educación y la escuela pública. La sociedad es distinta. El pueblo español, un pueblo de exiliados y emigrantes (si la memoria no me falla), acoge ahora a nuevas gentes de otras culturas. Nuevas formas de vida, nuevas ideas entran en conflicto con las propias, en esta suerte de convivencia y dialéctica; un mundo que se ha ampliado, que es más grande o está más cerca.  

En la escuela de la República le daban mucha importancia a la geografía, los niños no sabían ni dónde estaba España en el mapa, ni dónde estaba siquiera la provincia en la que vivían. Mucho menos sabían del resto del mundo. Hablarles de China o de África era como hablar  de otras estrellas o planetas del Universo. La televisión, aunque hace mucho daño a la mente, roba imaginación a las gentes y amuerma, llegó para enseñarles el mundo a los españoles, la televisión y el cine. Gracias al cine conocieron otras culturas y miraron más allá de sus propias narices. Hoy, el mundo ha llegado hasta nosotros. Convivimos en nuestra cotidianidad con chinos, ecuatorianos, marroquíes, yugoslavos, peruanos, argentinos, polacos, senegaleses, indios, argelinos, rumanos, checos, venezolanos… 

Algunos españoles se niegan a esta realidad multicultural, fomentan un clima de tensión vital y crean obstáculos para la convivencia pacífica. A todos ellos les diría, como Bob Dylan en una de esas canciones eternas, que no critiquen lo que no saben entender, que su viejo mundo, su viejo camino está envejeciendo rápidamente, que salgan del nuevo si no pueden echar una mano, “porque los tiempos están cambiando”. 

Nuestros hijos, los hijos de todos, ya han nacido en este nuevo mundo. Van a una escuela multicultural. Los niños, los únicos que no conocen fronteras, que no necesitan pasaporte para la amistad. La escuela pública tiene nuevos retos. Los profesores necesitan formación, herramientas para asumir estas otras realidades, conocer idiomas, aprender nuevas pedagogías, estrategias de mediación. Es necesaria la construcción de más escuelas, la creación de más plazas para profesores, el desarrollo de programas educativos renovadores, etc. 

No hay que olvidar la intensa y generosa labor de nuestros antepasados. El fruto de su trabajo y dedicación, que no fueron en vano, debemos recogerlo y al menos plantar una semilla. Nos enfrentamos a nuevos retos, a una sociedad diferente, pero son los valores humanos de aquella aventura pedagógica los que perduran. 

Y es un camino que hemos de recorrer, juntos, siendo conscientes de que mejorar la escuela pública es crear un mundo mejor, porque la educación es “un arma cargada de futuro”. 

Sara Valero 

 Imagen: Espectadores de una sesión de cine durante una misión

 

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