La batalla de las identidades

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En el marco de la batalla de las ideas debería inscribirse lo que ya se ha denominado como la “batalla de las identidades”.

La forma en la que las sociedades, los pueblos o las culturas construyen su identidad colectiva determina en gran medida su capacidad de resistencia al rodillo homogeneizador de la maquinaria imperial.

Los pueblos originarios de América, los amerindios, son pueblos resistentes. No en vano han soportado más de 500 años de colonialismo hispano, novohispano, criollo, capitalista e imperialista y por ello quisiera hacer una breve aproximación a uno de los más hermosos y sutiles modelos de resistencia cultural que conozco, el de los maya-yucatecos, quienes han elegido el habla y uno de los géneros de su tradición oral para expresar y legar generación tras generación su deseo de lucha e independencia, su derecho a una identidad propia, identidad que fue quebrantada de manera brutal allá por el siglo XVI.

La península de Yucatán está habitada por indígenas maya-yucatecos, término lingüístico que por extensión se utiliza para definir también a los habitantes y a la cultura que producen, que se agrupan en poblaciones localizadas en medio de la selva. En una de esas poblaciones, Maxcanú, ubicada a unos 60 kms de Mérida (capital del estado de Yucatán), llevé a cabo entre los años 1986 y 1992 mi trabajo de campo como antropóloga.

Los maya-yucatecos, como toda sociedad humana, poseen un concepto de la historia que los orienta y da sentido al mundo contemporáneo en el que viven. Las gentes de Maxcanú, herederas del patrimonio clásico maya, han conservado a través de los siglos el concepto de múltiples creaciones del mundo y de las gentes que lo habitaron. Su ciclo temporal es cuatripartito; las tres primeras creaciones fracasaron y dios se vio obligado, una y otra vez, a castigar a los hombres destruyéndolos, para intentar crear de nuevo una humanidad más perfecta. Actualmente vivimos en la cuarta parte de este ciclo.

Entre los yucatecos la ética y la estética están perfectamente imbricadas, de forma que lo bello es lo moral. Los yucatecos en su mayoría se consideran católicos, pero a diferencia de la tradición cristiana, el individuo no tiene responsabilidad moral. Existe un concepto denominado “suerte” (hado o destino) que condiciona el juicio que las personas emiten acerca de la conducta de los demás, de modo que la responsabilidad del individuo queda subordinada a este concepto más amplio. La dicotomía moral no es un combate entre cuerpo y espíritu sino que el cuerpo es el escenario del conflicto entre el bien y el mal y por eso el individuo ha de tener un estricto control sobre sí mismo; la mejor forma de lograrlo es controlar su expresión y esto se pone de manifiesto claramente en la ritualización de sus relaciones sociales, que se expresan de dos formas: en primer lugar un estricto control del habla y, por otro lado, en las reglas de urbanidad.

El control del habla es muy significativo, puesto que la conversación es la forma ejemplar de expresión, el modo paradigmático de relación con el otro, donde hay que evitar por encima de todo uno de los mayores pecados que el yucateco puede cometer: la grosería o el insulto. Esto se logra evitando la espontaneidad y mediante el empleo de fórmulas y eufemismos. También se utilizan procedimientos elaborados de refinamiento en el discurso, lo que podríamos denominar la retórica yucateca, destinada a producir euforia en el oyente. Puesto que el discurso está sujeto a cánones, el mejor elogio para un maya-yucateco es el de “buen conversador”. La estética verbal es la forma artística más desarrollada. El hablar bien, “la buena conversación”, es la cualidad más importante en la evaluación del prestigio y la madurez de las personas en la comunidad.

Frente a las amenazas que se ciernen con fuerza a menudo irresistible sobre el horizonte de aceptable estabilidad en el que las comunidades se habían venido desarrollando, los mayas recurren en diverso grado a la memoria de los símbolos orales, materiales o morales que han probado su eficacia integradora en el pasado. Entre ellos, quiero distinguir lo que he denominado pensamiento histórico y su expresión, el discurso histórico.

Llamo pensamiento histórico al nivel máximo de abstracción en que se articulan los conceptos relativos a los tiempos pretéritos de la colectividad. Este pensamiento está imbuido de mitología. El discurso histórico son las formas orales o escritas en que se manifiesta el pensamiento histórico.

Una de las principales categorías del discurso maya-yucateco es la conversación o tsicbal, que incluye distintos tipos como cuento y uchbe’n tsicbal (conversación antigua). Un primer criterio clasificador entre estos dos tipos es el que nos remite al binomio realida/ficción, determinante a la hora de comprender el sentido que imprimen las gentes de Maxcanú al concepto de historia. La clave reside en la raíz etimológica del término uch. Entre las acepciones de este término cabe destacar tres significados principales:

-Antigüedad, en tiempo pasado, antaño, pretérito.

– Suceder, acontecer, acaecer.

– Poder, don de hacer algo, atribución.

En mi opinión, en este vocablo se encierra la clave que nos permite comprender cuáles son los significados que los maya-yucatecos atribuyen a la historia, a su historia, y cuál es la importancia que tiene ésta para las gentes del presente como elemento fundamental en la construcción de su identidad.

En los primeros tiempos de mi investigación tuve que afrontar algunas contrariedades hasta que aprendí a distinguir los criterios que rigen la taxonomía indígena del habla. Si yo deseaba conocer un cuento sobre las cercanas ruinas de Oxkintok, mis informantes me contestaban con un lacónico ¡no hay! Si mis pesquisas se dirigían hacia la historia de algunos animales, recibía la misma respuesta: ¡no hay!

Tuve que descubrir que el error estribaba en la naturaleza de mis preguntas, y del mismo modo que no hay cuentos sobre los balamoob o sobre las ruinas, tampoco hay historias de conejos o de pavos.

Los escenarios del cuento están habitados por animales o gentes comunes, no hay alusiones determinantes al tiempo o a la temporalidad y su fin primordial es el entretenimiento.

Por el contrario, uchbe’n tsicbal es un tipo de discurso sustancialmente temporal. Dentro de él se engloban aquellos relatos que narran el origen del mundo y de los yucatecos, sus relaciones con los seres sobrenaturales y las tradiciones referidas al Fin del Mundo o el Juicio Final. En definitiva, sirve como una marca de identidad, como un recurso estilístico meidante el cual narrar y comunicar la esencia del ser indígena.

Los habitantes de Maxcanú poseen un concepto del tiempo dividido en dos categorías, una que integra las especulaciones sobre el pasado y otra que tiene que ver con la experiencia actual.

El pasado, entendido siempre como un tiempo tradicional, es decir, genuinamente “maya” o “mayero”, es la época de los antiguos, es uchbe’n. Pero los antiguos son tanto los primitivos hombres que poblaron Yucatán, los “indios”, de una naturaleza diferente –en su físico y en su esencia humana- como las generaciones inmediatamente antecesoras de las que habitan hoy esta comunidad.

El tiempo antiguo es el tiempo histórico que se divide en grandes ciclos correspondientes a eras o soles. Es un lugar común entre los mayas la creencia de que el mundo y sus gentes han sido creados y destruidos sucesivamente. Las gentes de Maxcanú, como otros grupos mayas, piensan que nos encontramos en el momento de la cuarta creación. Las edades y generaciones que los antecedieron desaparecieron por diversas razones, entre las que se cuenta como importante la del castigo divino. Los mundos anteriores fueron habitados por distintas clases de gentes: enanos, gigantes, jorobados, etcétcera.

Buena parte de los relatos considerados uchbe’n tsicbal entran a formar parte de lo que los antropólogos hemos denominado mitología. Conferir un carácter “mitológico”, con las connotaciones que este término tiene para los occidentales, a este tipo de narraciones sería alejarlos de su verdadera significación en la mentalidad indígena porque uchbe’n tsicbal es Historia con mayúsculas, con un sentido próximo al que este vocablo tiene para los europeos.

En las tres épocas primigenias se construyeron las grandes ciudades que hoy vemos en ruinas, una época en la que no era necesario el esfuerzo humano pues las piedras no pesaban, el maíz se multiplicaba a partir de un grano o la leña caminaba tras los campesinos. Un tiempo idílico y prodigioso. La cualidad que identificaba a esas humanidades fue la magia y la sabiduría, lo que les confería un enorme poder.

Lo que resulta pertinente destacar del tiempo pasado es su naturaleza fantástica y maravillosa, concebida hoy como la edad de la magia, del poder. El tiempo de un identidad precisa que permite confrontarla por oposición al momento actual de mestizaje, de indefinición. Los antiguos fueron indios poderosos y todas sus hazañas, por más fantásticas que aparezcan ante nuestros ojos, son consideradas reales.

En la conciencia histórica de las gentes de Maxcanú queda la huella del impacto causado por la invasión europea. La conquista es entendida como una profunda ruptura en la tradición y como una brecha que divide los dos grandes ámbitos temporales en los que el maya-yucateco proyecta desdoblada su personalidad. La llegada de los españoles a Yucatán fue el advenimiento de un nuevo Sol, una nueva era, la cuarta creación. Dio comienzo a un largo proceso de adaptación y resistencia a la cultura de los dominadores. Con los hispanos, el tiempo antiguo y sus protagonistas se hicieron piedra, quedaron “encantados”, pasaron a formar parte de otra dimensión de la realidad. Los antiguos caminos mayas, cuya metáfora es cuxa-zum, quedaron cortados y desde entonces de ellos brota sangre.

De cuxam-zum (soga viviente, cordón umbilical) se habla en numerosos relatos en los que se menciona el enfrentamiento que se produjo entre mayas y españoles en el momento de la conquista. Una conocida narración yucateca relata cómo en esa época se efectuó un torneo entre el rey de los blancos y el rey de los indios con objeto de dilucidar cuál de ellos tenía más poder. Para esto se acordó nombrar vencedor al que, corriendo a caballo, lograse llevar una tortilla caliente de Mérida a Tulum, pasando por Chichén Itzá (según las versiones, las ciudades varían, pero siempre son importantes ciudades clásicas mayas). Para el rey de los indios la prueba resultó fácil, pues, corriendo sobre cuxam-zum pudo llegar en un momento a su destino; en cambio, el pobre rey de los blancos, que utilizó los caminos terrestres, se demoró tanto que cuando llegó su tortilla estaba ya fría.

Las mayas de Maxcanú, del mismo modo que el resto de los indígenas de la península, se denominan a sí mismos con el término “mestizo” (sits’ k’ax) y se identifican por el uso compartido de una serie de símbolos y códigos de valores, por ejemplo, la utilización de su lengua como forma fundamental de expresión y una indumentaria particular.

El hecho del mestizaje ha quedado grabado en su conciencia histórica y es utilizado bajo la suposición tácita de que hay algo contrario que es “puro”, no mezclado. Este ideal de pureza se ha ubicado en un punto de confluencia entre el tiempo y el espacio, las ruinas, que nos remiten a unos antepasados “indios” construidos narrativamente desde el presente para llenarlo de sentido y sobre todo de esperanza. El término “indio” (macewal) en Yucatán es sinónimo en múltiples ocasiones de antiguo, utilizando esta expresión para designar a las figuras que aparecen petrificadas –es decir, encantadas- en las ruinas; son las gentes que poblaron el mundo en las anteriores creaciones, son los “otros” por excelencia que sirven de nexo con el pasado y al mismo tiempo operan como constituyentes de la identidad mestiza.

En el futuro, el Fin del Mundo y el Juicio Final, los “mestizos” han situado el momento crucial de su destino. Ese tiempo de cataclismos cósmicos supondrá el momento decisivo del enfrentamiento entre los dos enemigos históricos, los mayas y los españoles. Cuando llegue ese momento resucitarán los antiguos mayas, sus caminos secretos, cuxam-zum, y habrá una terrible guerra anunciada por el cuarto caballo del Apocalipsis, de la que uno de los contendientes saldrá victorioso. Estos serán los pobladores del nuevo mundo, ya no habrá mestizos y por tanto indefinición.

La dicotomía étnica y moral en que se debaten los yucatecos encontrará resolución después de esta magna prueba depuradora. Pero no es en la supuesta cultura del pasado donde el destino ha colocado la armonía final, sino en el marco más restrictivo y exacto de las representaciones mentales producto de la evolución histórica que ha sufrido el país y sus habitantes desde el siglo XVI.

Y en el futuro, uchmal, donde concentran sus aspiraciones de un Nuevo Mundo las gentes de Maxcanú, volvemos a encontrar la raíz uch como un símbolo indeleble de la recuperación de su pasado, de su historia. Una historia que llega hasta nuestros días condensada en signos, modo eficiente que las sociedades indígenas adoptan para preservar el registro de su memoria.

La aceptación de la diversidad es uno de los mayores retos de nuestro tiempo. Es necesario luchar por un mundo en el cual las distintas identidades puedan expresar sus diferencias en igualdad. Hay que dar voz a quienes hasta ahora no han participado en la definición de su propia realidad.

Ponencia presentada en el Congreso Cultura y Desarrollo: En Defensa de la Diversidad Cultural. Foro de discusión: la diversidad cultural en un mundo global ¿por dónde empezar? Mesa Redonda: ¿Choque de civilizaciones o diálogo entre ellas? Habana (Cuba) 11-14 junio 2007

Autora: Irene Amador (Antropóloga)

Fuente: www.rebelion.org

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