Exposición “Túnez onírico”. El orientalismo a través de las fotografías de Lehnert & Landrock

El interés de las fotografías de Lehnert no sólo reside en su calidad artística. Su trabajo posee también un valor añadido, cual es que, además de ser el resultado de una delicada pasión, representa una visión personal marcada por una época: la visión peculiar que tuvo de Oriente un occidental que, aun inmerso en la cultura oriental, fue educado en la Europa de finales del siglo XIX.
Cabe interpretar por consiguiente que el interés de las fotografías de Lehnert y Landrock es fundamentalmente histórico. Porque bajo el polvo de unas placas de vidrio ha quedado reproducida la visión de una sociedad y de una época, así como los elementos característicos de eso que hemos convenido en denominar “orientalismo”.

Hasta el próximo 9 de mayo la Escuela de Estudios Árabes (CSIC) presenta esta exposición en su sede de Granada, formando parte del evento “Mes de Túnez” que incluye conferencias y proyecciones de películas.

Escuela de Estudios Árabes
Cuesta del Chapiz, 22
18010-Granada
Horario de la exposición: lunes a viernes, de 9:00 hs. a 19:30 hs., sin interrupción
Más información en el 649 897 009 de 9:30 a 14:30 hs.
www.eea.csic.es

Lehnert & Landrock, últimos herederos de la corriente orientalista que inspiró a numerosos artistas del siglo XIX, tuvieron la oportunidad de residir durante años en Túnez. El primero de ellos, el fotógrafo, registró con su cámara las fantasías orientalistas de Occidente. El segundo, experto en las técnicas de laboratorio, se encargó de difundir el trabajo de su socio y amigo.
La Escuela de Estudios Árabes expone una selección de 42 fotografías tomadas en Túnez entre 1904 y 1908. La componen retratos, escenas de la vida cotidiana, así como imágenes de los oasis y el desierto.

Rudolf Lehnert nació en Bohemia en 1878. Ese mismo año vino al mundo en Sajonia quien se convertiría con el tiempo en su socio: Franz Landrock. La amistad les llegó bien temprano, en plena infancia. No obstante, fue en 1904 cuando estrecharon fuertes lazos al reencontrarse en Suiza, a la vuelta
de un viaje que había llevado a Lehnert hasta Túnez. Fue allí donde el artista formado en el Instituto de Artes Gráficas de Viena quedó atraído por las imágenes de Oriente. Fascinado por aquel escenario, no dudó en mostrar a su compañero las primeras fotografías que había tomado en el país norteafricano para así convencerlo de la conveniencia de asociarse y viajar juntos hasta aquella región. Partieron a la edad de veintiséis años, con la maleta cargada de una común pasión por la fotografía y el Oriente Medio.
La labor de los socios, que duró hasta 1930, guardó desde entonces un gran equilibrio, pues en tanto que Lehnert, fotografiando todo lo que le inspiraba y conmovía, registraba con su cámara la belleza del norte de África, Landrock acometía con suma maestría las tareas técnicas propias de laboratorio, así como las derivadas de la gestión del negocio que ambos habían puesto en marcha en el centro de Túnez.
Los viajes de Lehnert por el Magreb se prolongaron durante diez intensos años. En el transcurso de ellos se ocupó de fotografiar escenas perdidas en el tiempo y el espacio. Tras cada periplo siempre volvía a Túnez, pues era allí desde donde Landrock se encargaba de difundir el trabajo del artista, comercializando
con éxito las imágenes exóticas de un Oriente poco accesible.
El sueño de ambos se vio bruscamente interrumpido por el estallido de la Primera Guerra Mundial.
Coincidiendo con uno de los viajes de Lehnert, el gobierno francés ordenó cerrar el negocio y les fue confiscado todo el material que tenían almacenado, desde aparatos y herramientas de revelado, hasta originales y copias de imágenes.
A su regreso a Túnez, Lehnert fue detenido y enviado a un campo de prisioneros de guerra. Primero fue conducido a Argelia y posteriormente a Córcega. Landrock, que se había refugiado en Suiza nada más declararse la Guerra, no paró de hacer gestiones hasta lograr que su amigo fuese trasladado a tierras helvéticas.
Durante sus años de exilio en Suiza, ambos decidieron contraer matrimonio. Lehnert lo hizo con una alsaciana y Landrock con una suiza.
Finalizado el conflicto bélico, Lehnert recobró la libertad. Ocurrió en 1919, gracias a un intercambio de prisioneros de guerra. El mapa europeo sufrió transformaciones. Una de ellas trajo consigo el nacimiento de la República Checa, que incorporó Bohemia a sus territorios. Fue gracias a esa coyuntura
como Lehnert adquirió el pasaporte checo y recuperó parte de las pertenencias que le habían sido confiscadas durante la Guerra. En cuanto les fue posible, los dos amigos retomaron su actividad mercantil.
Al poco, en 1922, abrieron en Leipzig el “Lehnert & Landrock, Orient-Kunstverlag”.
Apenas había transcurrido un año desde el inicio de aquella empresa cuando Lehnert sintió de nuevo la llamada de Oriente. Esta vez su destino fue Egipto, que recorrió con su cámara de manera exhaustiva e implacable. En 1923, Landrock, acompañado de la mujer de Lehnert y de su propia familia, se
reunió con su compañero en El Cairo para abrir en la capital egipcia un nuevo establecimiento. No obstante, las circunstancias personales de ambos, que habían cambiado muco, obligaron a modificar el rumbo del negocio, pues, viéndose obligados a mantener a los suyos, no tuvieron más remedio que ceder a la rentabilidad que les proporcionaban las guías y las fotos turísticas, en detrimento de las reproducciones artísticas. En consecuencia, sus trabajos buscaron inmortalizar más las pirámides, el tesoro de Tutankamón o la famosa Esfinge que los retratos y escenas de la vida cotidiana que tanto habían apasionado a Lehnert en sus primeros viajes a Oriente. Los socios, viendo la oportunidad de introducir sus fotografías en el mundo editorial de las postales, desarrollaron en esa época una especie de inventario ilimitado que abarcó
desde Sudán hasta Palestina, pasando por Siria y Líbano. A través de mayoristas trasladaron hasta Europa los resultados de su labor.
La vida en El Cairo no era ni mucho menos del gusto de Lehnert. Sometido al intenso y caótico ritmo de la urbe egipcia, el maestro añoraba la tranquilidad de los oníricos palacios tunecinos. Embargado por la nostalgia, decidió finalmente vender sus derechos a su socio y regresó a su Túnez soñado en 1930. Su
obra cobró en esta nueva etapa mayor vigor y progresivamente ganó más reconocimiento. Tras nuevos años de actividad en el sur tunecino, se retiró por último a Redeyef, capital del oasis de Gafsa. Allí falleció en 1948, cuando contaba setenta años.
El comercio de El Cairo quedó en manos de Landrock, que siguió trabajando con su hijastro, Kurt Lambelet. Los derechos sobre las fotografías de Lehnert tomadas antes de 1930 quedaron en manos de “L&L, Ernst Landrock sucesor”. En 1966 Landrock falleció en Alemania, donde había vivido con su esposa
desde 1939. El establecimiento de El Cairo sigue aún abierto gracias a Edouard Lambelet, nieto de Landrock, que en 1979 retomó junto a su padre el negocio de su abuelo.
Ha querido el azar que una frase escuchada por Kurt Lambelet a Lehnert tenga visos de llegar a materializarse: “Dentro de doscientos años se seguirá hablando aún de mis fotos”.
En efecto, al poco de hacerse cargo del negocio, Edouard Lambelet descubrió abandonadas en un rincón de los almacenes numerosas placas de vidrio cubiertas por el polvo. Desde hacía mucho tiempo, el blanco y negro, pasado de moda tras la Segunda Guerra Mundial, carecía de interés para el turista. Pero el nieto del artista pareció intuir que todo aquel material recuperaría con el tiempo su auténtico valor, de manera que durante dos años se dedicó a limpiar y ordenar todo lo que encontró.
Fue así, desempolvando las placas, como Edouard Lambelet contribuyó al renacer de la obra de Lehnert. Entusiastas y fervorosos amantes de la fotografía antigua decidieron publicar y exponer los trabajos del maestro. El material recobró vida y las piezas originales fueron adquiriendo con el tiempo
muchísimo valor en el mercado coleccionista, de manera que la fama del artista ha sobrepasado con los años a la que él mismo llegó a alcanzar en vida.
Los temas preferidos de Lehnert guardan relación con el desierto y los oasis, así como con los retratos, desnudos y escenas de la vida cotidiana protagonizados por personajes singulares con los que el artista se topó a lo largo de su trayectoria vital y profesional. Todo ello lo registró en placas de vidrio, en las que quedó grabada una onírica visión de Oriente: “desiertos estériles con sus luces y sombras, oasis fecundos con aguas que nos hablan de la fuente de la vida, y, como simbólica unión de lo anterior, mujeres
encarnando los contrastes extremos de la inmensidad del desierto y la riqueza del oasis” (E. Lambelet).

El interés de las fotografías de Lehnert no sólo reside en su calidad artística. Su trabajo posee también un valor añadido, cual es que, además de ser el resultado de una delicada pasión, representa una visión personal marcada por una época: la visión peculiar que tuvo de Oriente un occidental que, aun inmerso en la cultura oriental, fue educado en la Europa de finales del siglo XIX.
Cabe interpretar por consiguiente que el interés de las fotografías de Lehnert y Landrock es fundamentalmente histórico. Porque bajo el polvo de unas placas de vidrio ha quedado reproducida la visión de una sociedad y de una época, así como los elementos característicos de eso que hemos convenido en denominar “orientalismo”. Y aunque por éste entendamos un movimiento fundamentalmente artístico, difundido a través de la literatura, la pintura y la música, no hay que olvidar que sus orígenes no dejan de ser políticos. Pensemos a propósito de esto último en la campaña napoleónica de Egipto, en la liberación helénica del imperio otomano, o en las colonias europeas, empresas todas ellas que movieron a girar los ojos hacia Oriente, despertando a través de ellos la curiosidad de Occidente por ese otro mundo, puesta de
manifiesto, por ejemplo, en la exposiciones universales de finales del siglo XIX y comienzos del XX.
Con el orientalismo, término que en realidad responde más a un clima y a un ambiente que a un estilo, los artistas románticos se inspiraron en una temática derivada del misterio que desprendía Oriente.
Fue así como recrearon la sensualidad que envolvía el mundo de los harenes, los escenarios pintorescos que era posible observar en las calles, los paisajes románticos en torno a los oasis, o el horizonte de plenitud que se respiraba en los desiertos.
En relación con lo anterior, las obras de Lehnert son, sin duda, testigos de esa corriente. Porque es realmente a través de la lente del artista y de los posados de sus modelos como se nos ofrece una visión de Oriente ideada e idealizada desde Occidente y para Occidente.
De manera consciente o inconsciente, el trabajo fotográfico de Lehnert constituye una muestra de adhesión a ese movimiento que nos presenta un Oriente tal y como lo entendía el europeo de finales del XIX y comienzos del XX. Para plasmarlo, el maestro no regateó esfuerzo alguno. Buscó para ello el
escenario perfecto en el desierto, localizando el grano de arena pulcro y la luz ideal. Y, sorteando las reglas éticas a las que obligaba la época y la sociedad, se valió de mujeres contratadas en burdeles para utilizarlas de modelos en sus posados. Fue con esas recreaciones y transformaciones de la realidad como logró transmitirnos un particular y atractivo Oriente occidental.

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